domingo, junio 22, 2008
Balas nuevas no matan ciervos
y la cabeza del árbol se agacha
y presta su oído de nieve
al ronco respirar del hombre
que acecha en la espesura
y de su amor no sabe nada.
Balas nuevas sobre el tendido del aire
y la frugal desidia de los páramos.
Balas nuevas no matan ciervos
ni las voces irritadas de los lobos
que siembran de dolor la tierra entera.
En esta tierra macilenta que es amor cansado
y vencimiento del plazo de la escarcha.
Balas nuevas para los juegos de los niños.
Balas de acero machacado
que anidan en tu cuerpo
y forman rosarios de oscuros besos olvidados.
Como el rítmico golpear de las botas del cazador solitario
en la madera del suelo de los vivos.
Aquí tú y ahí él; no lejos, sino en la distancia.
Como el eco de las flores,
como el sonido del tambor.
Aquí tú y tu corazón que pertenece a la tiniebla.
La rama verde tendrá cera
que servir en este entierro de los ciervos no nacidos.
¿Somos lobos para el lobo,
o invitados al banquete de los ciegos?
Donde tu voz irrumpe,
en el claro de los ciervos, crecen balas de algodón
y arroz para los ciervos.
L.
y la cabeza del árbol se agacha
y presta su oído de nieve
al ronco respirar del hombre
que acecha en la espesura
y de su amor no sabe nada.
Balas nuevas sobre el tendido del aire
y la frugal desidia de los páramos.
Balas nuevas no matan ciervos
ni las voces irritadas de los lobos
que siembran de dolor la tierra entera.
En esta tierra macilenta que es amor cansado
y vencimiento del plazo de la escarcha.
Balas nuevas para los juegos de los niños.
Balas de acero machacado
que anidan en tu cuerpo
y forman rosarios de oscuros besos olvidados.
Como el rítmico golpear de las botas del cazador solitario
en la madera del suelo de los vivos.
Aquí tú y ahí él; no lejos, sino en la distancia.
Como el eco de las flores,
como el sonido del tambor.
Aquí tú y tu corazón que pertenece a la tiniebla.
La rama verde tendrá cera
que servir en este entierro de los ciervos no nacidos.
¿Somos lobos para el lobo,
o invitados al banquete de los ciegos?
Donde tu voz irrumpe,
en el claro de los ciervos, crecen balas de algodón
y arroz para los ciervos.
L.