martes, junio 19, 2007
DIALÉCTICA HEGELIANA
Volví sobre mis pasos, marcados en la madera del suelo con tiza gris y polvo de estrellas. Aprovechando que ella seguía absorta en la contemplación de los restos esparcidos del jarrón chino, le asesté un certero y duro golpe en su blanca nuca, con ayuda de un cinturón casi negro. Cayó de bruces, sin un gemido, sobre la alfombra color cereza y oro. En su mano derecha, cerrada, atesoraba el recuerdo de un pensamiento fugaz, de un azul desvaído, mortecino, exangüe. “¿Qué pensaste que era? ¿un vulgar escribano?", le pregunté, sabiendo que carecía de respuestas. " Mañana”, me dije, “he de ir a bailar sobre tu tumba”. Observé que una extraña y delicada flor morada pugnaba por abrirse paso a través de su fina piel de cabritilla. Y reí como ríen los cuervos, de fuera a dentro. Con sordina.
L.