lunes, noviembre 06, 2006
COMPORTAMIENTO MODELICO
Khartoum 5-11-06
COMPORTAMIENTO MODELO
Un grupo de militares con chándal verde y botas de caña recorre las calles de Khaourtum por la mañana. El que va delante, marca el ritmo con un silbato, los demás juegan a perseguirse los unos a los otros, más pendientes de las bromas que de seguir la impecable ejecución del jefe. Una mujer envuelta en una tela de colores señala el grupo mientras prepara un té-Taman- Dice sonriendo. No me gustaría estar en el pellejo de una de las vendedoras ilegales de los mercados y, toparme con ellos vestidos de azul camuflaje, con sus cascos de rejilla y metralleta en mano. Desde mi puesto callejero veo como se paran al lado de los coches, juntitos, dando brincos, esperando a que el semáforo cambie de color.
La oficina está desierta. Uno de los guardas busca mi llave dentro de un cubo. Al final termina por acarrearlo hasta la puerta probar una por una hasta dar con la mía.
Una vez dentro cierro las persianas, pongo el ventilador en marcha y en bragas comienzo a trabajar. Estas son las únicas horas del día en las que puedo avanzar algo sin ser molestada.
-Nosotros, los que trabajamos en ayuda humanitaria, somos la referencia de esta gente-. Me dijo un día Fernando, mi jefe, con voz grave.- Por eso nuestro comportamiento debe ser ejemplar-.
Los trabajadores locales entran y salen de la habitación tantas veces como nombres tiene EL MAS GRANDE. Me irritan. La fotocopiadora escupe las hojas. Cada diez folios más o menos, Hatim, mira a través de la ventana. Espera ver aparecer a Melissa. Intento atraer su atención con estúpidas risitas. Nada, no hay manera. Me levanto, al pasar por detrás de él me arrimo hasta que mis pezones, como chinchetas, se clavan en su espalda.
- ¿Para ti el trabajo que desarrollas está relacionado con el comportamiento en tu vida privada?-. Pregunto a Fernando. Era difícil hacerle hablar. Quería que se decantara.- Estoy pensando en los toreros-. Añado – La ironía no viene al caso-. Su inexpresivo semblante me provoca risa. Da por terminada la conversación.
Llevo un mes arrastrando la pierna por una buen parte del país. Cinco clínicas y siete doctores figuran entre mis últimas conquistas. Doctor numero seis me prescribe una resonancia magnética de la parte inferior de la espalda. En la sala de espera del hospital la televisión esta a todo volumen, pienso que la gente sin dolencia alguna se acerca hasta aquí para ver el partido de fútbol.
- ¿Iba Martianes?-. Esa debo ser yo.
Doctor numero siete me hace las preguntas pertinentes de edad, enfermedades anteriores, etc., de un rápido movimiento me agarra una teta. Se merece una bofetada en la cara. De un fuerte manotazo consigo que libere mi pecho.- Quería comprobar que no llevabas sujetador-. Dice el muy cínico. Empiezo a temer por el resultado de la prueba. Echada sobre la mesa metálica. No le pierdo de vista, no me fío de él.
Empieza a manipular el aparato que esta encima de mí hasta dejarlo a la altura deseada. Intercepto el movimiento de su mano, esta vez directamente a mi coño.- No, tampoco llevo cinturón de castidad-. Le aseguro.
Fernando me está esperando en el coche. Nos vamos a una fiesta. Yo no tengo el cuerpo para saraos después de la visita médica, estoy de mal humor. El alcohol, en un país en el que está prohibido, como casi todo, y en el que el precio de una botella de ginebra en el mercado negro es de cincuenta dólares, circula con alegría ¡Es fantástico los gin-tonic anestesian mi pierna! Fernando no me quita ojo de encima, no se si quiere ligar o comprobar que soy fiel a sus principios. Convencida de lo segundo empiezo a liar porros de una rica marihuana etíope y los hago pasar a todos los presentes. Considero que esto forma parte de la ayuda humanitaria. Fernando me lleva a la terraza.- La luna está al revés.- le comento. Me mira como si estuviera borracha, no le falta razón, lo estoy. – Aun así la luna está al revés, jamás se vería de esta manera en España-. Intuyo que los temas astronómicos no figuran entre sus favoritos. Me aburre sobremanera. Vuelvo donde están bailando. Fernando dice que se retira, insiste que me vaya con él.- Estas enferma, ¿no?-. Con esto me lo ha dicho todo. Es peligroso.- No te preocupes, algún alma caritativa me acercará, nos vemos luego y te acompaño al aeropuerto.- Deja de beber- espeta como despedida.
Un tal Alí busca presa. Todas las demás chicas se han ido, no le queda más remedio que intentarlo conmigo. Una gran acción, pienso, debe ser del gremio. El chaval no está mal, mitad sudanés mitad nicaragüense. Los comentarios de Alí dejan bastante que desear. Entre su afición por “Operación Triunfo” y que su boca parece una chatarrería, prefiero seguir saltando con el resto del grupo.
Me arrastro escaleras arriba hasta llegar a casa. Me doy una ducha, anudo un pareo a mi cintura. Fernando se levanta y accede a que le acompañe al aeropuerto. Son las cinco de la mañana. Prácticamente no babeo.
El aeropuerto está atestado. Una blanca con aspecto de monja empuja un carrito.- debe ser ella- le digo a Fernando. Nos levantamos de un salto. Una exclamación de alguien hace que Fernando vuelva su furibunda cara hacia mí y que Carmen se lleve la palma de las manos a la boca. El pareo yace en el suelo. No me quedaban bragas limpias.
COMPORTAMIENTO MODELO
Un grupo de militares con chándal verde y botas de caña recorre las calles de Khaourtum por la mañana. El que va delante, marca el ritmo con un silbato, los demás juegan a perseguirse los unos a los otros, más pendientes de las bromas que de seguir la impecable ejecución del jefe. Una mujer envuelta en una tela de colores señala el grupo mientras prepara un té-Taman- Dice sonriendo. No me gustaría estar en el pellejo de una de las vendedoras ilegales de los mercados y, toparme con ellos vestidos de azul camuflaje, con sus cascos de rejilla y metralleta en mano. Desde mi puesto callejero veo como se paran al lado de los coches, juntitos, dando brincos, esperando a que el semáforo cambie de color.
La oficina está desierta. Uno de los guardas busca mi llave dentro de un cubo. Al final termina por acarrearlo hasta la puerta probar una por una hasta dar con la mía.
Una vez dentro cierro las persianas, pongo el ventilador en marcha y en bragas comienzo a trabajar. Estas son las únicas horas del día en las que puedo avanzar algo sin ser molestada.
-Nosotros, los que trabajamos en ayuda humanitaria, somos la referencia de esta gente-. Me dijo un día Fernando, mi jefe, con voz grave.- Por eso nuestro comportamiento debe ser ejemplar-.
Los trabajadores locales entran y salen de la habitación tantas veces como nombres tiene EL MAS GRANDE. Me irritan. La fotocopiadora escupe las hojas. Cada diez folios más o menos, Hatim, mira a través de la ventana. Espera ver aparecer a Melissa. Intento atraer su atención con estúpidas risitas. Nada, no hay manera. Me levanto, al pasar por detrás de él me arrimo hasta que mis pezones, como chinchetas, se clavan en su espalda.
- ¿Para ti el trabajo que desarrollas está relacionado con el comportamiento en tu vida privada?-. Pregunto a Fernando. Era difícil hacerle hablar. Quería que se decantara.- Estoy pensando en los toreros-. Añado – La ironía no viene al caso-. Su inexpresivo semblante me provoca risa. Da por terminada la conversación.
Llevo un mes arrastrando la pierna por una buen parte del país. Cinco clínicas y siete doctores figuran entre mis últimas conquistas. Doctor numero seis me prescribe una resonancia magnética de la parte inferior de la espalda. En la sala de espera del hospital la televisión esta a todo volumen, pienso que la gente sin dolencia alguna se acerca hasta aquí para ver el partido de fútbol.
- ¿Iba Martianes?-. Esa debo ser yo.
Doctor numero siete me hace las preguntas pertinentes de edad, enfermedades anteriores, etc., de un rápido movimiento me agarra una teta. Se merece una bofetada en la cara. De un fuerte manotazo consigo que libere mi pecho.- Quería comprobar que no llevabas sujetador-. Dice el muy cínico. Empiezo a temer por el resultado de la prueba. Echada sobre la mesa metálica. No le pierdo de vista, no me fío de él.
Empieza a manipular el aparato que esta encima de mí hasta dejarlo a la altura deseada. Intercepto el movimiento de su mano, esta vez directamente a mi coño.- No, tampoco llevo cinturón de castidad-. Le aseguro.
Fernando me está esperando en el coche. Nos vamos a una fiesta. Yo no tengo el cuerpo para saraos después de la visita médica, estoy de mal humor. El alcohol, en un país en el que está prohibido, como casi todo, y en el que el precio de una botella de ginebra en el mercado negro es de cincuenta dólares, circula con alegría ¡Es fantástico los gin-tonic anestesian mi pierna! Fernando no me quita ojo de encima, no se si quiere ligar o comprobar que soy fiel a sus principios. Convencida de lo segundo empiezo a liar porros de una rica marihuana etíope y los hago pasar a todos los presentes. Considero que esto forma parte de la ayuda humanitaria. Fernando me lleva a la terraza.- La luna está al revés.- le comento. Me mira como si estuviera borracha, no le falta razón, lo estoy. – Aun así la luna está al revés, jamás se vería de esta manera en España-. Intuyo que los temas astronómicos no figuran entre sus favoritos. Me aburre sobremanera. Vuelvo donde están bailando. Fernando dice que se retira, insiste que me vaya con él.- Estas enferma, ¿no?-. Con esto me lo ha dicho todo. Es peligroso.- No te preocupes, algún alma caritativa me acercará, nos vemos luego y te acompaño al aeropuerto.- Deja de beber- espeta como despedida.
Un tal Alí busca presa. Todas las demás chicas se han ido, no le queda más remedio que intentarlo conmigo. Una gran acción, pienso, debe ser del gremio. El chaval no está mal, mitad sudanés mitad nicaragüense. Los comentarios de Alí dejan bastante que desear. Entre su afición por “Operación Triunfo” y que su boca parece una chatarrería, prefiero seguir saltando con el resto del grupo.
Me arrastro escaleras arriba hasta llegar a casa. Me doy una ducha, anudo un pareo a mi cintura. Fernando se levanta y accede a que le acompañe al aeropuerto. Son las cinco de la mañana. Prácticamente no babeo.
El aeropuerto está atestado. Una blanca con aspecto de monja empuja un carrito.- debe ser ella- le digo a Fernando. Nos levantamos de un salto. Una exclamación de alguien hace que Fernando vuelva su furibunda cara hacia mí y que Carmen se lleve la palma de las manos a la boca. El pareo yace en el suelo. No me quedaban bragas limpias.