domingo, octubre 08, 2006
el milagro
30-09-06 Khaourtum
EL MILAGRO
La estación de lluvias me dejó a su paso una “cama de agua” y un ataque de ciática. Las gotas del techo rebotaban sobre el plástico que la cubría mientras yo, dentro, me cocía.
Dimas sugirió que me mudara a la misión católica. -El lugar es muy seguro. El compaound tiene un guarda, un askari de toda confianza. Creo que hay una casa libre en frente a los aposentos del Padre Joseph-. Comentó con alegría- tendrás la Iglesia cerca.-dijo aquello como si fuera una suerte. La idea de vivir rodeada de curas y monjas no me seducía en absoluto: desde la primera comunión no había vuelto a tener contacto con el clero. Sabía que encontrar un hogar donde pudiera vivir una blanca era complicado y más, en la temporada de colegio en la que las pocas casas que se alquilaban estaban ocupadas por los profesores venidos de otros distritos.
Siguiendo las recomendaciones de Dimas me acerqué a la misión para conocer al padre Joseph. El compaound parecía haberse abstraído al caos exterior: setos delicadamente podados custodiaban el camino hasta la Iglesia. Grupos de jóvenes con sus catequistas, sentados a la sombra de los árboles, discutían la palabra de Dios. Tuve la impresión de entrar en un mundo perfecto: el hambre y la miseria no traspasaban la puerta principal.
Sister Mary salió a mi encuentro.- el padre Joseph no está en este momento, pero la casa disponible es esa-. Me escrutaba desde su gris cofia con cara de pocos amigos.- vosotros los blancos no podéis vivir como nosotros-. Comentó con desprecio. Giré la cabeza y me pareció ver que la entrada del convento se hallaba por encima de los estándares africanos. La mujer me aclaró que el Padre Joseph era muy estricto con ciertas normas.- ¿Cuales?-. Ya te lo explicará-. Me dio la mano y desapareció.
Philip fue el encargado de enseñarme la casa. Sus grandes manos abrieron la puerta a mi nueva vida. Me gustó. La casa, espaciosa, luminosa, poseía un jardín privado.- además tiene luz eléctrica, el agua viene de ese tanque-. Explicó. Su sonrisa terminó por convencerme. Me sentí segura a su lado. A partir de entonces Philip pasó a ser la persona más importante de mi vida. El padre Joseph le hacía trabajar día y noche por 5 chelines: el precio por estar cerca de la Iglesia. A veces comía o cenaba conmigo. Rellenó mis solitarias tardes con simple frases.
Sister Mary interceptó mi camino hacia el pueblo.- Tres chicas han dejado el internado del convento. El padre Joseph y yo hemos pensado que se podrían alojar en tu casa-.
-¿saben los padres que han dejado el colegio?- fue lo primero que se me ocurrió preguntar.
- Las chicas tienen dones especiales-. Respondió sin miedo. El padre Joseph, es una excelente persona, se siente responsable y quiere guiarlas personalmente.
Le intenté hacer comprender que yo pagaba un alquiler, para vivir sola. ¿Por qué el padre Joseph no me lo dice a mi directamente?-. Pensé. No me apetecía mezclarme en lo que para mi era una especie de secuestro de menores. Sister Mary no insistió ante mi negativa- En casa de Dios hay que someterse a sus reglas-. Sentenció la hermana.
- El padre Joseph quiere pedirte un favor-. Dijo Philip en una de las sobremesas.
- Si se trata de dar alojamiento a las niñas, no hay más que hablar- respondí un poco harta de la historia.
- Una de las chicas tiene poderes.- Philp intentaba transmitirme su entusiasmo.- Una de ellas, Margaret entra en trance. Tiene visones-. Una expresión de asombro cubrió su cara. Es mejor que permanezca cerca del Padre.
- No en mi casa-. Movió su cabeza de un lado a otro con una mueca de tristeza y se marchó.
Al cabo de los días aparecieron los cuatro en casa, Margaret, la de los poderes, era baja y gorda. Algo en ella resultaba anormal a primera vista. Ruth una auténtica belleza, alta, esbelta, elegante, inspeccionó cada rincón de la casa con una actitud altanera. La tercera actuaba de sirvienta de las otras dos. Philip las trataba con sumo respeto a Margaret, en especial, con devoción.-Vienen a saludarte, el padre ha decidido que vivan en la habitación que tienes al final de tu jardín-. Aunque la idea no me gustó no pude negarme, era una dependencia completamente separada de la casa.
Al principio las niñas pasaban horas rezando con el padre en la Iglesia. Las sesiones espirituales fueron alargándose a la par que se reducían sus asistencias al colegio. Alguna vez vi a la hermana encerrarse en casa del padre para seguir de cerca los progresos de las alumnas.
Los rumores se empezaron a extender por toda la comunidad: Margaret hacía milagros. Su asistencia a las misas de curación de los martes, era esperada por los cientos de enfermos que llegaban todos los lugares.
Una de las tardes Philip entró corriendo en casa.- Margaret ha entrado en trance, el padre Joseph se ha ido a Kisumu. Ven-. Así te convencerás le faltó añadir.
El espectáculo de Margaret retorciéndose en el suelo y echando espuma por la boca, me pareció preocupante. Con cuidado abrí la boca e inmovilicé la lengua con un pañuelo. Sujeté su cabeza temiendo que se golpeara. Al cabo de un rato se incorporó.- La Virgen me ha dicho que se encuentra sola-. Los tres cayeron de rodillas en actitud de recogimiento. Salí de la habitación conteniéndome la risa. En el fondo sentí una inmensa pena.
- Phlip, Margaret necesita visitar a un médico. Yo diría que es epiléptica.- Philip clavó sus redondos ojos en mí.- Es una Santa-. Soltó. Comprendí que había alcanzado el límite del entendimiento. A partir de ahí todo lo que dijera constituiría una ofensa.
La panza de Ruth aumentó tanto en aquellos meses, que tuvo que dejar de utilizar el uniforme del colegio.
EL MILAGRO
La estación de lluvias me dejó a su paso una “cama de agua” y un ataque de ciática. Las gotas del techo rebotaban sobre el plástico que la cubría mientras yo, dentro, me cocía.
Dimas sugirió que me mudara a la misión católica. -El lugar es muy seguro. El compaound tiene un guarda, un askari de toda confianza. Creo que hay una casa libre en frente a los aposentos del Padre Joseph-. Comentó con alegría- tendrás la Iglesia cerca.-dijo aquello como si fuera una suerte. La idea de vivir rodeada de curas y monjas no me seducía en absoluto: desde la primera comunión no había vuelto a tener contacto con el clero. Sabía que encontrar un hogar donde pudiera vivir una blanca era complicado y más, en la temporada de colegio en la que las pocas casas que se alquilaban estaban ocupadas por los profesores venidos de otros distritos.
Siguiendo las recomendaciones de Dimas me acerqué a la misión para conocer al padre Joseph. El compaound parecía haberse abstraído al caos exterior: setos delicadamente podados custodiaban el camino hasta la Iglesia. Grupos de jóvenes con sus catequistas, sentados a la sombra de los árboles, discutían la palabra de Dios. Tuve la impresión de entrar en un mundo perfecto: el hambre y la miseria no traspasaban la puerta principal.
Sister Mary salió a mi encuentro.- el padre Joseph no está en este momento, pero la casa disponible es esa-. Me escrutaba desde su gris cofia con cara de pocos amigos.- vosotros los blancos no podéis vivir como nosotros-. Comentó con desprecio. Giré la cabeza y me pareció ver que la entrada del convento se hallaba por encima de los estándares africanos. La mujer me aclaró que el Padre Joseph era muy estricto con ciertas normas.- ¿Cuales?-. Ya te lo explicará-. Me dio la mano y desapareció.
Philip fue el encargado de enseñarme la casa. Sus grandes manos abrieron la puerta a mi nueva vida. Me gustó. La casa, espaciosa, luminosa, poseía un jardín privado.- además tiene luz eléctrica, el agua viene de ese tanque-. Explicó. Su sonrisa terminó por convencerme. Me sentí segura a su lado. A partir de entonces Philip pasó a ser la persona más importante de mi vida. El padre Joseph le hacía trabajar día y noche por 5 chelines: el precio por estar cerca de la Iglesia. A veces comía o cenaba conmigo. Rellenó mis solitarias tardes con simple frases.
Sister Mary interceptó mi camino hacia el pueblo.- Tres chicas han dejado el internado del convento. El padre Joseph y yo hemos pensado que se podrían alojar en tu casa-.
-¿saben los padres que han dejado el colegio?- fue lo primero que se me ocurrió preguntar.
- Las chicas tienen dones especiales-. Respondió sin miedo. El padre Joseph, es una excelente persona, se siente responsable y quiere guiarlas personalmente.
Le intenté hacer comprender que yo pagaba un alquiler, para vivir sola. ¿Por qué el padre Joseph no me lo dice a mi directamente?-. Pensé. No me apetecía mezclarme en lo que para mi era una especie de secuestro de menores. Sister Mary no insistió ante mi negativa- En casa de Dios hay que someterse a sus reglas-. Sentenció la hermana.
- El padre Joseph quiere pedirte un favor-. Dijo Philip en una de las sobremesas.
- Si se trata de dar alojamiento a las niñas, no hay más que hablar- respondí un poco harta de la historia.
- Una de las chicas tiene poderes.- Philp intentaba transmitirme su entusiasmo.- Una de ellas, Margaret entra en trance. Tiene visones-. Una expresión de asombro cubrió su cara. Es mejor que permanezca cerca del Padre.
- No en mi casa-. Movió su cabeza de un lado a otro con una mueca de tristeza y se marchó.
Al cabo de los días aparecieron los cuatro en casa, Margaret, la de los poderes, era baja y gorda. Algo en ella resultaba anormal a primera vista. Ruth una auténtica belleza, alta, esbelta, elegante, inspeccionó cada rincón de la casa con una actitud altanera. La tercera actuaba de sirvienta de las otras dos. Philip las trataba con sumo respeto a Margaret, en especial, con devoción.-Vienen a saludarte, el padre ha decidido que vivan en la habitación que tienes al final de tu jardín-. Aunque la idea no me gustó no pude negarme, era una dependencia completamente separada de la casa.
Al principio las niñas pasaban horas rezando con el padre en la Iglesia. Las sesiones espirituales fueron alargándose a la par que se reducían sus asistencias al colegio. Alguna vez vi a la hermana encerrarse en casa del padre para seguir de cerca los progresos de las alumnas.
Los rumores se empezaron a extender por toda la comunidad: Margaret hacía milagros. Su asistencia a las misas de curación de los martes, era esperada por los cientos de enfermos que llegaban todos los lugares.
Una de las tardes Philip entró corriendo en casa.- Margaret ha entrado en trance, el padre Joseph se ha ido a Kisumu. Ven-. Así te convencerás le faltó añadir.
El espectáculo de Margaret retorciéndose en el suelo y echando espuma por la boca, me pareció preocupante. Con cuidado abrí la boca e inmovilicé la lengua con un pañuelo. Sujeté su cabeza temiendo que se golpeara. Al cabo de un rato se incorporó.- La Virgen me ha dicho que se encuentra sola-. Los tres cayeron de rodillas en actitud de recogimiento. Salí de la habitación conteniéndome la risa. En el fondo sentí una inmensa pena.
- Phlip, Margaret necesita visitar a un médico. Yo diría que es epiléptica.- Philip clavó sus redondos ojos en mí.- Es una Santa-. Soltó. Comprendí que había alcanzado el límite del entendimiento. A partir de ahí todo lo que dijera constituiría una ofensa.
La panza de Ruth aumentó tanto en aquellos meses, que tuvo que dejar de utilizar el uniforme del colegio.