jueves, septiembre 28, 2006
DIARIO DE A BORDO
Hace meses que partimos en esta embarcación, sin rumbo determinado.
Se esgrimió un leve derrotero, que la tripulación subversiva no consintió zanjar.
Queda una última bengala.
Recuerdo ahora cuando aprendí a hablar; poco a poco: asimilando, aceptando, fallando, preguntando...
Mi situación es frágil. Divago profundamente sobre el no consumir aquí, en esta teselada nave desalmada, mis últimos días, a los pies del eco.
Aún tengo la esperanza de divisar tierra, cualquier buen momento, de todos los que mis ojos permanecen atentos; no cargados de mar, vacíos como los platos del tremebundo camarote principal.
Recuerdo ahora, hasta donde mi memoria me permite, en contienda temporal y rellenando, involuntaria y voluntariamente, cada una de las veces que, de nuevo, aprendí a hablar.
La tripulación ha abandonado el barco. La boira cubrió la superficie, desconozco que ha sido de mis compañeros.
Pensé tomar el bote adherido al navío: remar en cualquier dirección, con algunos víveres. Desestimé la idea rápido.
Aprendí gestos y esquivas. Golpes, caricias. Tejí conversaciones a gritos y a susurros; me comuniqué con la mirada... reaccioné ante cada uno de mis nuevos nombres, o iguales nombres articulados por distintas personas.
Agazapada en cubierta, he decidido lanzar mi última bengala, embriagarme mientras se alza; subir... estallar... y la fosca que masculle sus chispas a bocados. Dormir mecida por el crugir de los tablones húmedos sin pasos.
¡boom!
S.